Sábado , 24 Junio 2017

Entre lo maravilloso y la degeneración

La colocación de un busto en el Parque de la Fraternidad a José Gaspar Rodríguez de Francia, dictador supremo de Paraguay, de 1814 a 1840, parece un hecho digno de figurar en una futura enciclopedia del disparate,  o quizás una ocurrencia acorde a los momentos más delirantes de la literatura García Marqueana. Lo que  viene a demostrar de golpe, que la realidad es siempre más impactante y desmesurada que la más acalorada de las fantasías.

Allí está con su cara de cuervo pálido donde el rasgo más evidente es su absoluto desprecio por los demás. No  sabemos si esta fue la intención del artista que ejecutó el busto, pero es la sensación que reciben los que contemplan aquellas facciones  que semejan más el glamour para un baile de vampiros que la expresión de un mandatario.

Al parecer se intenta rescatar la memoria de este sombrío personaje, nadando incluso contra la corriente de aquellas palabras con que definiera José Martí el período de gobierno del caudillo: “El Paraguay lúgubre del Doctor Francia, quien inauguró la cátedra de las dictaduras en América y cuya actuación en la historia del continente no pudo ser más negativa.” Habría que recordar que hizo todo lo posible para evitar la independencia de su vecino país Uruguay.

Por lo demás el retrato que de él traza Augusto Roa Bastos, en su novela “Yo, el Supremo” es  escalofriante. El mérito de Francia como político fue crear un sistema pedagógico para dictadores, en cuyo espejo se han mirado todos, incluyendo los de la isla. Para la política oficial de su época en el Paraguay, Francia fue el más sabio e intrépido de los hombres, el mejor orador, el mejor botánico, el mejor historiador y geógrafo, así hasta el infinito. Pudo haber escrito sin sonrojo “Todo Dictador es Infalible”.

En el parque de la fraternidad se le rinde homenaje. Los cubanos demasiados ocupados en su infortunio solo ven en ese busto a un señor de cara alargada, sombría y brillante.

La Habana, 19 de noviembre de 2013.


 

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