Sábado , 27 Mayo 2017

¡Vamos pa´ la Pachanga!   

La normalización de relaciones diplomáticas y comerciales entre Estados Unidos y Cuba están en un punto muerto.  Se han cumplido más de seis meses desde que Barack Hussein Obama lo anunciara, y en concreto no hay nada nuevo al respecto. Igual ocurre con la Unión Europea y la eliminación de la Posición Común y con el Club de París, a quienes el régimen cubano prometió pagar la deuda que tiene con ellos.

Lo cierto es que la política implementada por Obama hacia Cuba es totalmente equivocada. Sus consejeros lo han engañado y él se dejó engañar ex profeso. La apertura económica no es la solución para la democracia y el respeto a las libertades del pueblo cubano. Esta política estadounidense a quien único beneficia es la dictadura totalitaria cubana y hasta el presente jamás he conocido una democracia de partido único, férreo control estatal absoluto, represión, golpes y prisión sobre quienes piensen diferente al discurso oficial.

Algunos economistas, profesores universitarios y empresarios de diversas nacionalidades y cubanos – de dentro y fuera  de la isla – ven con buenos ojos los “cambios realizados” y proyectados por Raúl Castro. Muchos de los alegatos que esgrimen estos especialistas para defender su tesis se basa en el interés por hacer negocios con la isla, su romántica ideología de izquierdas o que el régimen les otorgue el permiso que les permita entrar a la isla que los vio nacer.

No comparto sus opiniones pero las respeto, algo que ellos no practican ya que solo aplican la intransigencia e intolerancia como norma.

Este es el punto fundamental en las relaciones del régimen cubano con el mundo. Ya lo dijo el general Raúl Castro después del 17 de diciembre pasado, “…mantendremos nuestro sistema socialista. Que nadie piense que vamos a cambiar”.

Y es cierto. En la Cuba castrista no hay cambios, ni habrá cambios mientras permanezcan intactas las estructuras de poder centralizadas de ordeno y mando.

La democracia impera en el respeto al derecho ajeno, algo que no realiza la dictadura cubana desde hace más de 50 años.

Represión y hostigamiento contra disidentes y activistas de Derechos Humanos; confiscación de las tierras que les fueron entregadas a los campesinos en usufructo para que las trabajaran; excesivos impuestos y gravámenes para los trabajadores por cuenta propia, en especial a las paladares y pequeños restaurantes; aumento de la pobreza de la población de la isla ; incremento de los barrios marginales; falta de agua potable en muchas ciudades y provincias del país; deterioro generalizado del sistema de cloacas y alcantarillas; déficit de viviendas mientras La Habana se cae a pedazos, es la fachada que visitantes curiosos pretenden ignorar.

De los logros de la salud, la educación y el deporte ya ni el propio régimen se atreve a hablar. Solo les interesa el personal calificado de estas instituciones para enviarlos a trabajar al extranjero y vivir de los dólares que obtienen por ello, mientras les paga salarios de miseria. Esto es esclavitud en pleno Siglo XXI. Y que conste, en el caso del personal de salud destacado en Brasil, esta esclavitud se realiza con plena complicidad de la Organización Panamericana y la Organización Mundial de la Salud.

Claro que Obama, sus asesores, el Senado y hasta el Congreso de los Estados Unidos saben esto y mucho más sobre Cuba, pero se les han aflojado las piernas con la dictadura cubana.

Mientras, todo transcurre entre reuniones, reuniones y más reuniones, acompañados de sabrosos canapés de salmón y caviar, tiramizus de crema y chocolate, volutas de humo de habanos hechos a mano y refrescantes mojitos con los que poder confraternizar. No importa si se encuentran en Washington o en La Habana. Nada más. Acuerdos pocos, o ninguno.

Lo principal, lo primero es celebrar reuniones y más reuniones para pasarla bien. Para ello los viejos generales panzudos desempolvaron La Pachanga, del compositor oriental Eduardo Dadvison para amenizar los bochinches internacionales de acuerdos y desacuerdos, y así darle largas en el tiempo a los inevitables cambios democráticos –sin los Castro, Obamas y comparsa– en Cuba, mientras ellos siguen disfrutando de la buena vida a costa del sufrimiento del pueblo de la isla. Nada, tiempo al tiempo.


 

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